

Fuera la niebla empezaba a levantar, era aún temprano y se cambiaba bajo el puente de Peña Quebrada.
Era una mañana de junio, de esas en las que el fresco y la niebla sobre el río se agradecen pues el día a buen seguro traerá calor.
Levantaba ya la niebla cuando realizaba sus primeros lances en la Hoyuela; se movía con parsimonia, los peces no estaban, el río parecía no haber despertado aún, como si esperara que los primeros rayos del sol iluminaran sus verdes aguas; se sentó sobre uno de esos bolos de piedra que se encuentran junto al cauce, como si algún observador mosquero los hubiera situado allí para acomodarse en las esperas y en las largas horas de ensimismamiento a la orilla del río.
Iban y venían los pensamientos, reflexionando sobre esa clase de cosas para las que solo el río es buen compañero...
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Cua, cua, cua...

¿
Ilusión o realidad? Algo perturbaba sus sueños. Llevaba tanto tiempo soñando que no se había percatado de que tenía compañía, bajó la cabeza y pudo ver a un pequeño pato que se aproximaba en solitario hacia sus botas semisumergidas en el agua mansa de la orilla.
Daba vueltas sobre si mismo, filtrando todo el agua de la orilla y sumergía de cuando en cuando su cabeza para mojar todo su plumaje y ahuecarse las plumas con su pico.
Aparentemente estaba solo; días antes había podido ver un ánade con cuatro polluelos en esa misma poza, pero en esta ocasión el aventurero patito se encontraba solo. Se extrañó al verle en esa situación, ¿qué habría sido de su progenitora y de sus hermanos...?
Decidió atraparlo. No fue tan complicado como él intuía. Estaba sano y parecía valerse por si mismo, así pues decidió ponerle en libertad y disfrutar un rato más antes de irse de sus alegres idas y venidas por el pozo.
En los días siguientes nuestro patito se reunió con sus hermanos, ya no era uno sino tres intrépidos polluelos, los que sin compañía de un adulto perturbaban con sus zambullidas la tranquilidad del pozo y ocupaban las horas tranquilas del día que solía pasar a la sombra de los alisos.
Siete días pasó observándolos, hasta que una mañana el pozo amaneció tranquilo, no había tres estelas que seguir, no había nada que perturbara los sueños de aquel pescador bajo los alisos, los sueños del pozo...era una mañana como cualquier otra del mes de junio, una mañana de esas en las que el fresco y la niebla sobre el río se agradecen e invitan a sentarse...